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Made in Avenida Brasil

Sep 24
3 min read
Girona

 

Mi lugar de vacaciones favorito estaba en Girona. En el verano de esta historia, el sitio que mis padres habían elegido para nuestras vacaciones estaba lleno, así que tuvimos que conformarnos con el único camping que tenía sitio disponible. Era un aparcamiento reconvertido, en su mayor parte tierra y hierba y maleza, un poco de hormigón, un restaurante, zona de duchas y unos cuantos toldos, pero a una calle de la playa. A mis ojos, era genial. Nos encantó el sitio, tanto, que fuimos dos veces, nosotros, que nunca repetíamos, atrapados por el deseo de conocer todo el país antes de volver a Uruguay. El último verano viviendo en España, lo pasamos en un camping en Galicia. Fue horrible, llovía, el sitio era feo, no había niños para jugar y yo quería volver a Girona.


En Girona hicimos un grupo de amigos, de todas partes, 4 de nosotros hablábamos castellano, el resto, de todo. No sé cómo nos entendíamos, sólo sé que jugábamos mucho.


Nos dedicábamos a tareas relevantes y sinceras que sólo se realizan en la infancia, cuando todo es importante y cada día comienza como una nueva aventura radiante. Una mañana, rescatamos los caracoles que estaban guardados para el almuerzo, y el restaurante cambió el menú. Antes de preparar los caracoles, los meten en un recipiente con harina o lechuga para que se purguen antes de cocinarlos. Encontramos la olla llena de caracoles purgando en la zona verde detrás del restaurante, y decidimos "salvar a los caracoles" volcando la olla para que pudieran escapar...  tengo que admitir que no me gustan los caracoles, ni cocinados ni en movimiento, y mucho menos cerca de mis plantas, pero eso no evito proteger a otro ser vivo.


De todas las heridas causadas por accidentes típicos de la infancia, la que me hice en Girona es, sin duda, la marca más exótica, en el tobillo, frente al astrágalo. Íbamos corriendo hacia la playa, la calle estaba toda rota, los escalones median medio metro de altura y sus agujeros eran casi tan profundos, y me caí. Aún tengo una cicatriz visible que me hace sonreír cada vez que la miro, y vuelvo a sentir la brisa mediterránea y las ganas de correr a la playa con mis amigos y mis amigas.


Mi mejor amiga vivía en una casa, la casa sigue ahí, al lado de la playa, grande y super elegante. Las veces que la visité, sus hermanos mayores sólo le hablaban en catalán y me miraban con desprecio. No sé si porque no hablaba el idioma, o porque eran arrogantes, o porque yo estaba en el camping, no en la casa al lado de la playa. Supongo que el miedo y el rechazo al que no conoces, al que es diferente, se inculca a algunos, tristemente, desde jóvenes. Al año siguiente, cuando volvimos al mismo camping, mi amiga me estaba esperando en la “terraza” del restaurante, y cuando nos vio llegar salió corriendo a mi encuentro y nos dimos un abrazo con todo el cariño acumulado durante el año. Nunca más nos vimos.


Un día llovió mucho y el camping se inundó. La tienda de campaña de los vecinos se inundó primero, y sus ocupantes decidieron irse a bucear, los otros vecinos, en la casa-coche, nos dieron, a mi hermana y a mí, refugio y chocolate, mientras los adultos cavaban zanjas para redirigir el agua lejos de las tiendas de campaña. Todo estaba mojado, la ropa, la comida, los sacos de dormir, nuestros huesos... Unas horas más tarde volvió a brillar el sol, y los buzos regresaron con los corales más hermosos que jamás había visto, me regalaron uno pequeñito que atesore durante años, y que se perdió, tristemente, en alguna de mis tantas mudanzas.

Los adultos también se habían hecho amigos, mis padres al ser políglotas podían al menos entender a los demás e incluso a veces traducir entre nosotras y nuestros amigos y amigas, que no es que lo necesitáramos, jugar es un idioma internacional.


Casi al final de las vacaciones, organizamos una cena con nuestro grupo de amigas y los amigos, bueno, los que organizaban eran los adultos, quienes trajeron un plato típico de su país, cada uno tenía algo diferente que llevar a la mesa.


Aquella tarde, antes de la cena, mi madre organizó a los niños y niñas para ir a buscar moras con las que hacer postre para todos. De tres frutas que recolectamos nos comíamos 4, así que no quedaron tantas en la olla para hacer mermelada.


Fue una noche divertida, creo, no me acuerdo mucho. Sólo sé que Girona guarda los mejores recuerdos de mi infancia.


 
 
 

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