And then, I landed in Happyland
- Jan 13
- 8 min read
Capítulo V – USA
Movida por la curiosidad de aprender sobre el otro lado de la historia, aterrice en USA un verano ardiente, para vivir y trabajar allí solo por dos años que se transformaron, por obra del destino, en siete.

And then, I landed in Happyland
Desde el asiento de atrás de la “limusina” que me vino a buscar al aeropuerto, veo cuasi deslumbrada, como nos adentramos en la escenografía de una película de Hollywood, impoluta en partes, con materiales de construcción que emulan algo que no son, edificios altos, autopistas eternas construidas en varios niveles, con tréboles y círculos, salidas y entradas, con un tráfico eterno de coches grandes con un solo ocupante.
Circulamos por un “Downtown” venido a menos, peligroso después de las 17.30 cuando se termina el horario de oficinas, hora en la que los trabajadores de cuello blanco regresan a sus suburbios seguros y limpios, con sus casas todas iguales y arboles de medio metro de altura, construidos en zonas que antes eran agrarias, a las que se llega tras un largo viaje en autopista, en atasco. En Downtown hay edificios enteros vacíos, grupos de negros, altos, con sus zapatillas de basquetbol, sus gorras de baseball y chaquetas largas, parados junto a la licorería, esos locales comerciales que tienen las ventanas cubiertas por pinturas y propagandas, donde siempre huele raro, y venden cigarrillos y bebidas alcohólicas, como si de algo ilegal y corrupto se tratara, donde al parecer solo los de baja vida o estudiantes universitarios se animan a entrar, o los extranjeros como yo, fumadora empedernida y amante del bourbon, con mi atuendo de oficina y piel blanca, atrayendo la mirada de los otros que aún no entienden como me puedo mezclar con ellos. Las otras drogas, las que vienen en frasquito naranja y consume la clase media y alta desquiciada, se vende en la farmacia, bajo una luz blanca, al fondo de un espacio inmenso que se asemeja a un supermercado, en un mostrador disimulado y reservado. Al salir caminando de la tienda del vicio, un hombre blanco, me pide dinero, desde su coche, aun me desconcierta esta memoria. Este no fue un hecho aislado, otra vez una mujer me pidió dinero para gasolina en el estacionamiento de Target, desde lo alto de su camioneta que costaba 3 veces mas que mi coche.
Alguna vez, caminando de regreso del almuerzo con mis compañeros de trabajo, presencio como la policía tiene su rodilla sobre la espalda de un negro de los que pasa su día parado frente a la licorería escuchando música, mientras el resto observa la escena y el compañero de la policía los controla de cerca. Esto pasa antes de tener cámaras en los móviles y plataformas sociales.
En contraste cuando camino por mi barrio la gente me saluda y me sonríe, todos sonríen. Parece un lugar tan ameno, en el supermercado, en el restaurante, en las tiendas.
No estoy acostumbrada a gente desconocida tan amable ni simpática.
Trabajo en el Downtown y no tengo coche, me subo a un autobús por la mañana y vuelvo en tren por las tardes, y si salgo muy tarde, en taxi.
El conductor del autobús, conocedor de mis horarios, si llega a la parada antes o yo un poco tarde, me espera y sonríe cerrando la puerta una vez que estoy dentro, y yo pago el boleto intentando recuperar el aliento tras la carrera, agradeciéndole en mi inglés aun rustico.
Los pasajeros del autobús son de otra película de Hollywood, un drama social sin solución, suben los que trabajan con uniforme con gorra y name tag, mujeres descalzas o en calcetines, una camarera que se quita las extensiones del pelo en el asiento de enfrente, un jovencito tan gordo que ocupa más de dos asientos, la señora que camina moviendo el estómago de manera que parece que se le movió el culo al frente, los que suben con montones de bolsas viejas, los pobres muy pobres del cuento. Al autobús no se suben mis compañeros de trabajo ni mis vecinos, no se suben los blancos que fueron a la universidad y salen a hacer deporte por la tarde. Los blancos que fueron a la universidad tienen coche y ropa bonita y piel de porcelana, se horrorizan al saber que viajo en autobús. Estos saben que han nacido para tenerlo todo, los mejores trabajos, sueldos, casas grandes, coches de lujo, ropa bonita, brunch los domingos. Están hechos de un material diferente, uno que siempre sale a flote.
En otros barrios, que no son los suburbios, se escuchan disparos por la noche, hay noches donde en las peleas de bar también terminan en tiroteos. Pero estas “menudencias” no llegan a la prensa, parecen ser cosas de todos los días que ya no hacen noticia.
Mientras fumo fuera, al lado de la puerta de la oficina, en pleno día, veo coches pasar pensando cuál de ellos tendrá un arma, con el tiempo me doy cuenta de que la pregunta está mal formulada, la correcta seria: que tan grande es el arma que tiene en el coche.
Sea cual sea su realidad, ninguno sabe dónde queda Uruguay, ninguno sabe que paso a mediados de los 70s hasta entrados los 80s. Nadie sabe dónde fue a parar el dinero de sus impuestos, esos de los que tanto se quejan. Nadie sabe que su gobierno entreno militares para la tortura, nadie sabe que pagaban armas y organizaban guerrillas para ir contra otra guerrilla, nadie sabe lo que hicieron, ni lo que hacen. Nadie sabe de las vidas perdidas, heridas marcadas para siempre por un gobierno manipulado por la ambición de un 1%, nadie sabe de esas pocas familias en su país que controlan el mundo entero, que no conocen la apatía, que no les importa que otros sufran a costa de su ansia de poder, o simplemente porque manipular gobiernos, organizar guerras o desterrar a gobernantes elegidos democráticamente es una suerte de video juego para ellos.
El otro 99% tiene también sus problemas. El capitalismo salvaje es una realidad y muchos están convencidos que el estado es una entidad irrelevante que les roba dinero bajo el nombre de “impuestos”. Ellos no necesitan quien controle a la industria farmacéutica para que no les venda opioides o haga adictos a sus hijos e hijas pequeños, a quien diagnostican todo tipo de enfermedades psicológicas, casi todas, producto de un sistema educativo que les llena de azúcar en la comida y no les deja salir a correr al recreo. Ellos no necesitan su protección ni su educación, ellos parecen saberlo todo, y así son manipulados y las practicas más macabras y los productos más venenosos son vendidos en casa con la bendición de FDA.
Como todo imperio viven en la paranoia de caerse de ese punto tan alto.
Mis compañeros de trabajo, los blancos con educación universitaria viven de las apariencias a costa de deudas que serán heredadas por sus hijos e hijas, las tarjetas de crédito se reparten como caramelos; si tienes un sueldo, cada día hay una oferta nueva.
Las casas de los suburbios son grandes y aburridas, y crece mi admiración hacia Hollywood, que nos ha vendido con sus películas la belleza de vivir en esas casas grandes con jardín en el frente, y madres que se despiertan temprano para llevar a sus hijos e hijas en coche al colegio, siempre estresadas y con prisas. Donde la comida sale del congelador al microondas y se sirve en platos descartables, aun en su famoso Thanks giving o en las Navidades, la vida es demasiado estresante como para usar porcelana o el lavaplatos. Y me da pena, que no sepan cómo se siente, sentarse relajado en una mesa y escuchar el sonido del cubierto de metal rozando contra el plato de porcelana, comer alimentos que no salen de una caja con más de quince ingredientes, disfrutar de la sobremesa…
Vivir en Estados Unidos es a la vez un mundo de posibilidades y una carga pesada. Ser pobre o no tener suficiente dinero es de perdedores o de vagos, la gente que trabaja duro gana dinero, va rumbo a ser un futuro millonario. Es tan maravilloso por momentos y macabro otros.
El poder adquisitivo les hace independientes, no necesitan compartir el viaje en coche, nadie te trae sopa si enfermas, no se prestan ropa, si la necesitan se la compran.
Nadie detiene a un borracho mientras sigue pidiendo tragos si su tarjeta de crédito está abierta en la caja, si, le dan la tarjeta de crédito a la camarera, Open Tab le llaman, y nadie, por más vulnerable o indefenso que estes, te va a detener o ayudar, más bien todo lo contrario.
Los empleados, los que no son totalmente blancos, no se toman sus pocos días de vacaciones por miedo a que su compañía se dé cuenta que son prescindibles y les echen. El dueño de la empresa tiene un poder de cuasi dios, donde todos sus empleados dependen de él para tener seguro médico, y viven en la desesperación de no darse a la bancarrota por tener que coserse un dedo en el hospital.
Como en otros sitios, cada uno vive en su burbuja de creencias y desinformación o información y creencias selectivas.
De la misma manera que yo crecí pensando que el descubrimiento de América fue un evento maravilloso, desde el punto de vista de España y que una vez en Sudamérica aprendí que no fue tan bueno desde el punto de vista de los nativos.
En este país todo poderoso, que caza personas por el mundo tachados de criminales sin más prueba que su palabra, que decide quien es terrorista y quien un “lobo solitario”, que penaliza de acuerdo a la tonalidad de la piel independientemente del crimen, que tira piedras, desordena democracias, roba a mano armada y se aprovecha de cualquier debilidad para sacar beneficio, que primero practica con los suyos, bajo el lema de la libertad y sus enmiendas, para sacar provecho de la ignorancia de los menos privilegiados… descubro que no es un país, no es toda su gente.
Esta siempre el que protesta contra el estatus quo, el que estudia se aplica y desarrolla ideas para mejorarnos como sociedad, que tiene un arte libre y rebelde, que no le importa de dónde vienes sino a dónde vas.
Estoy en la cima del mundo, donde se escribe la historia. Conozco colegas que trabajan en oficinas de arquitectura que yo estudiaba en la clase de Historia, puedo visitar galerías de arte donde las obras que antes solo podía ver en libros o en la tele están en exposición.
Estoy dentro de la pantalla de la televisión, caminado por las fotos de libros de historia, todo parece posible y todo es muy difícil. Estoy en el sitio donde todo es posible y a nadie se le regala nada, y me da un vértigo, uno nuevo, el de estar muy sola en este mundo donde todos y todas son tan independientes, donde el trabajo es lo único que se hace, y el resto del tiempo se emplea en intentar impresionar a gente que no te gusta.
Vivir en USA me llena de conflictos, sin duda no pertenezco, al tiempo que sorprendentemente, por primera vez, me sentí cómoda en mi calidad de extranjera, en un lugar donde todos son inmigrantes, y al convertirse en americano, todos se olvidan de nacionalidades previas para pertenecer a un país que no pertenece a nadie.
Sin duda viví muchas cosas buenas, sin duda la mejor es ya no vivir allí.























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