El Pais de Madrid y sus 50 años

Hace ya varios meses, El País de Madrid hizo un llamado a sus lectores para que enviaran un texto sobre su relación con el periódico. La mía es de toda la vida y remueve muchos recuerdos de mi infancia madrileña y de mi padre, quien era periodista y disfrutaba mucho leyendo el periódico.
Esos recuerdos inspiraron un cuento cortito que, para mi sorpresa, fue elegido. Además de sentirme súper orgullosa de que un equipo habituado a leer buena prensa y literatura eligiera mi historia, me sentí muy cerca de mi papá, a quien extraño a diario.
Aquí debajo adjunto mi cuento. Ojalá os guste.
"Mi padre era periodista. Por ese oficio —desafiante e ilegal durante la dictadura militar en Uruguay— pasé mi infancia en Madrid, en una ciudad que nos acogió mientras huíamos de la persecución.
Vivíamos en un piso típico de Aluche: tres dormitorios, un solo lavabo, cocina y estar–comedor. En el salón había un sofá tapizado con una tela naranja, junto a un balcón que recorría toda la fachada. Por allí entraba el sol casi a diario. Recuerdo un cielo limpio, azul; cuando yo era pequeña llovía mucho menos en Madrid. Desde mi ventana creía poder predecir el tiempo según la dirección de las nubes: hoy no llueve, mañana tampoco.
Mi padre se sentaba en aquel sofá naranja, con el tobillo apoyado sobre la rodilla, y, sin darse cuenta, se tocaba la punta de la nariz mientras leía, concentradísimo, El País. Lo compraba casi todos los días, pero sobre todo los fines de semana, cuando nos repartíamos los suplementos como si fueran un botín: había que decidir quién los leía primero. A mí me gustaba El País Cultural; lo que más esperaba era la viñeta final.
Por algún motivo, cuando pienso en los años ochenta, todo adquiere ese tono: anaranjado, terroso, como una fotografía ligeramente envejecida.
Con el fin de la dictadura regresamos a Uruguay. Pero, como tantos niños del exilio, cuya identidad queda suspendida entre dos patrias, volvimos a irnos, y tras vivir en varios países, terminamos mi hermana en Barcelona, yo en Madrid. Y, continuando la costumbre familiar, ambas somos suscriptoras, aunque sea en su versión más básica.
A veces, como quien se permite una golosina, compro el diario en papel. El que pesa, el que huele. Me siento, cruzo el tobillo sobre la rodilla, y me descubro acariciándome la punta de la nariz mientras leo, concentrada, El País."


















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