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Montevideo 1984


Llegamos a Montevideo en noviembre, entrada la primavera. Nos dio alojamiento temporal mi abuela, en un apartamento en plena Ciudad Vieja, el barrio donde se fundó la ciudad según la ley de indias* y en aquel momento sede bancaria y gubernamental con la mayor parte de sus pisos y casas dedicados a actividades de cuello blanco o habitadas por la pobreza. Durante la semana había mucho tráfico, pero como el apartamento de mi abuela estaba en un tercer piso y a una calle de la Rambla, ese paseo hermoso que se construyó en Montevideo junto al rio de la Plata en los años 40, la brisa marina lo invadía todo y el olor de los coches era minimizado por ella.


A veces bajaba con mi abuela a comprar el periódico al quiosquero de la esquina de enfrente, quien se sentaba en un banquito cada mañana junto una grilla metálica de la que colgaba los periódicos de circulación de la época, que aún no eran muchos y se iba en cuanto los vendía todos, cerca de la hora de comer. Estaba al lado de la puerta de un bar-cafetería-restaurant, y a pasos de la parada de autobuses, muchos autobuses, ya que esta zona era el principio y el fin de muchos trayectos. Allí los olores se mezclaban aún más, el olor del tráfico, de las casas viejas, del café recién hecho, el detergente de limpiar el suelo, el pan blanco y dulce de los sándwiches del desayuno, el papel y la tinta del periódico, y si había un poco de viento, el aire salitre lo envolvía todo.


En los fines de semana era distinto, el tráfico de los oficinistas y los negocios desaparecía, y el olor que emanaba de las casas ocupadas ilegalmente invadía las calles solitarias. Sus puertas estaban siempre abiertas, dejando a la vista la miseria interior, algunas habían perdido parte del techo, dejando entrar la luz del día (o la lluvia y el frio del invierno) bajo el cual, la ropa colgada se secaba al sol, algún niño lleno de mocos y con la camiseta sucia que te miraba a los ojos, no sé si desafiante o intrigado. Estas casas estaban pobladas por varios niños y niñas que caminaban por las calles pidiendo dinero, a veces solos o solas, a veces con quien parecía su madre. Estas mujeres caminaban cargando bultos grandes y algún bebe, nunca se veía un hombre, estos solo donaban el esperma y seguían de largo, los niños revoloteaban alrededor de ella, siempre sucios, todos sucios, casi invisibles a los oficinistas, perfumados y bien vestidos que caminaban con prisa por las calles, en el bullicio de horario laboral, desensibilizados frente a la miseria ajena. A veces si se veían hombres con niños en la calle, conduciendo unos carritos precarios tirados por un caballo, los recicladores. Ellos hurgaban la basura buscando cartones, plásticos, que luego vendían en algún sitio. Mas de una vez les vi con un niño pequeño, a quien les enseñaban el oficio. Un niño que nunca podría ser otra cosa, porque su padre no sabia como enseñárselo y porque al sistema le importaba poco y nada su destino. Donde estará hoy ese niño, que tuvo la mala suerte de nacer en una villa miseria en un país remendándose como podía de años de dolor y perdidas.


Los domingos solo había un comercio abierto, el que le vendía a la población permanente del lugar, casi todos muy pobres. Un día mi abuela me mando a comprar un paquete de bolsitas de té, ya que se le había terminado. La señora tras el mostrador me miro sorprendida cuando le pedí un paquete entero, de diez. Ella vendía todo por unidad, una bolsita de té, un rollo de papel higiénico, 2 cigarrillos…


En esa zona vivimos varios meses hasta que mi madre encontró una casa que pudimos comprar.

Yo continue visitando a mi abuela que siguió viviendo en su piso, y vi como la zona fue cambiando al mismo tiempo que yo crecía, siempre de día, porque las noches solitarias me aterraban. Ya entrada la Democracia, los ocupantes pobres de las casas semiderruidas fueron desalojados, las casas fueron reformadas y se instalaron negocios de productos locales con vistas a venderle a los turistas. El olor a pobre se trasladó a otras zonas. Durante la dictadura, los militares se dedicaron a demoler edificios sin lógica aparente o que les convenia demoler para ganar comisión con la construcción de otro, y así hicieron sustituciones tipológicas horrendas o dejaron baldíos que se usaban como estacionamiento pago, y dejaron que la zona se hundiera en la pobreza y el desuso, o uso solo por horarios. Ahora es una zona un poco más vibrante, con restaurantes, con tiendas, con mercados de artesanías y antigüedades los fines de semana. A los pobres que ocupaban las casas cerca de lo de mi abuela no sé dónde los mandaron, porque ni el régimen despótico ni los subsecuentes gobiernos democráticos se preocuparon en subsanar su situación. Los niños siguieron pidiendo y las madres cargando muchos bultos y bebes en brazos, sin miras del padre. Hasta entrado el SXXI no empezaron a darse cuenta de que había una clase social aplastada, y se implementaron medidas para que se empezaran a educar y dejaran de pedir los niños por la calle. Los carros tirados a caballo de los recicladores de basura fueron remplazados por motores pequeños.


Yo no sé qué paso, como un país dejo que un grupo de personas


viviera en ese estado deprimido sin salida.


Visitábamos seguido la casa de mi otra abuela, a la que llamábamos Mamama. El camino desde la parada del autobús a su casa era corto, lamentablemente, porque la fragancia de las flores te hacia flotar hasta su casa. Dulce, enigmático, me abrazaba y me llevaba levitando. Cada primavera espero volver a experimentar ese aroma, e incluso a veces, de sorpresa, caminado por algún país lejano a ese chiquito donde nací al final del mundo, me rodea un aroma similar que me traslada a la primavera de mis primeros meses de vida en Montevideo. Era un sitio donde la mezcla social no sucedía, y la gente paseaba bien vestida y las calles olían a flores, y había menos tráfico.

También allí al poco tiempo empezaron a demoler casas para construir edif


icios.


Todo cambiaba, no muy rápido, pero cambiaba. Al menos ahora los chicos podían dejarse el pelo del largo que les deba la gana, podíamos caminar en grupo sin tener miedo de la represión policial. Pero no por la noche, donde las racias continuaron durante los años de mi temprana adolescencia. Dejaban a la policía, sedienta de golpes y aun cargada de odio, salir por la noche a darle golpes a los jóvenes que cometían el delito de ser jóvenes. A algunas de mis compañeras de clase las metieron presas, a los 15 años, unas nenas de colegio privado que osaron cruzar la calle para entrar al quiosco a comprar algo, y como estaba cerrado entraron al bar de al lado. Todas presas, por unas horas hasta que sus padres y madres las fueron a buscar. A mí en aquella época me daba miedo la policía, me daban miedo los militares.


No fue hasta hace poco tiempo, que, en un viaje a Estonia, durante la invasión de los rusos a Ucrania que un grupo de militares alemanes se alojaba en nuestro hotel, que así de repente, me vi dialogando con uno de ellos. Un militar que era capaz de mantener un dialogo explicativo sobre su misión en Estonia, sobre los motivos de su presencia allí. Para mí fue sorprendente porque hasta aquel entonces, lo único que escuchaba de un milico era “son órdenes” dejando en claro que no había dialogo posible.


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